San Agustín es la perla de Balcarce, un pueblo ubicado a 26 kilómetros del lugar que vio nacer al Quíntuple campeón de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio.
La secuencia de cerros –con La Barrosa, Cantera de Los Pinos, Amarante y las sierras Chata y Larga posados en primer plano- y parcelas recubiertas de pastizal pampeano sugiere descansar la vista en el horizonte. Y el lugar ideal para leer o relajar la mente es el paseo por el pueblo “con aroma de violetas” como le llaman los locales.
Desde la Ciudad de Buenos Aires se llega luego de recorrer 442 kilómetros por Autopista a La Plata, Ruta 2 hasta Coronel Vidal y luego Ruta 55.
El casco urbano surge como un mínimo contraste de construcciones sencillas y calles de tierra en medio de esa abrumadora postal de verdes intensos.
LA MANO DEL ARQUITECTO ITALIANO FRANCISCO SALAMONE
La impronta de los pioneros europeos arribados antes y después de 1909 –cuando San Agustín fue fundado oficialmente por Martiniana Molina Viamonte Idoyaga- revela su primera referencia en el antiguo taller del primer herrero rural de la zona, el inmigrante ruso Nicola Bieleski.
El movimiento comercial se enciende en torno a la plaza de los Niños, tal vez como un gesto histórico adoptado por los vecinos para dejar que el edificio más famoso de San Agustín se lleve todas las miradas desde el principal paseo público.
Frente a la plaza 9 de Julio, la sede de la Delegación Municipal es una obra diseñada por el arquitecto e ingeniero italiano Francisco Salamone. En 1936, el incansable especialista del art decó en territorio bonaerense se permitió una licencia y dejó aquí una pieza de estilo neocolonial, de aspecto notoriamente más discreto y austero.
El pasado local también revive en cuatro construcciones de 1910 que pertenecieron a pobladores yugoslavos, plantadas como cuña en un barrio de viviendas modernas y chalés de techos de tejas, galería y aleros, vestigios del primer gobierno peronista, transcurrido entre 1946 y 1952.
El emprendimiento familiar La Reina de Saba perfila el cordón rural que envuelve San Agustín por los cuatro costados. Hierbas aromáticas, verduras recién cosechadas y frutas finas señalan el primer mojón del circuito productivo, signado por la agricultura orgánica y los perfumes intensos.
Los cactus y las plantas ornamentales son la principal carta de presentación de Las Tunas. Pero los dueños del vivero se resignaron hace tiempo a satisfacer la creciente demanda de violetas –la flor más renombrada del pago- por parte de los turistas. También es muy buscada la variedad peonia de rosa, introducida en la zona por familias italianas y españolas.
“No galope en días de lluvia. Será multado” advierte un cartel de Vialidad desde tiempos lejanos, sostenido por un robusto poste de quebracho. Del plan vial de la década del 20 también quedan en pie bajo la polvareda varias obras de alcantarillado de hierro y cemento.
La serranía elevada al fondo y las parcelas coloreadas por las plantaciones de trigo, girasol, soja, maíz y papa componen un cuadro idílico para entregarse a la contemplación y el relax.







